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Corpus Christi: El alimento de vida eterna y nuestro compromiso con la paz

Monseñor Felipe Bacarreza Rodríguez, presidente del Consejo Directivo de Mutual Pax, nos invita a contemplar el misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo como el don más valioso de la humanidad y a orar con especial fuerza por la paz, en un mundo herido por la violencia y la guerra.

«El Cuerpo y la Sangre de Cristo es lo más valioso que hay en la tierra y en el universo entero, porque es la presencia de Dios mismo», expresa el presidente del Consejo Directivo de Mutual Pax en su reflexión para este Domingo de Corpus Christi. En un contexto marcado por la reciente invasión de Estados Unidos a Irán y la incertidumbre global, esta solemnidad se convierte en un llamado urgente a los sacerdotes y fieles a redoblar las oraciones por la paz.

En su comentario, monseñor Bacarreza recuerda que Cristo nos dejó el mandato de alimentarnos de su Cuerpo y su Sangre: «Tomen y coman todos… Tomen y beban todos…». Este alimento no sólo nos une a Él, sino que nos compromete a construir un mundo más justo y fraterno: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna… El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él» (Jn 6,54.56).

Al meditar el Evangelio de la multiplicación de los panes, el obispo destaca que los gestos de Jesús prefiguran el don de la Eucaristía y el rol de los sacerdotes: «No veo en este mundo corporalmente ninguna otra cosa del altísimo Hijo de Dios que su santísimo Cuerpo y Sangre, que sólo los sacerdotes consagran y sólo ellos administran a los demás», cita de San Francisco de Asís.

Finalmente, invita a los fieles a contemplar el misterio eucarístico como «presencia real del Señor» y a los jóvenes a estar atentos al llamado de Cristo al ministerio sacerdotal, que hace posible que el pan de vida llegue a todos.

👉 Te invitamos a leer el comentario completo de Monseñor Felipe Bacarreza Rodríguez y a unirte en oración por la paz en el mundo: Ver comentario completo en mutualpax.cl30 – 2025 Cuerpo y Sangre de Cristo C. Lc 9,11-17

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